El gigante asiático analiza el declive del poder blando estadounidense mientras recalibra sus propias estrategias de presión global.

El reciente conflicto bélico en Irán ha generado un sismo en el tablero geopolítico global, posicionando a China como un observador estratégico que evalúa el impacto de la guerra en el poder de Estados Unidos. Según el análisis editorial de The Economist, tras una semana de inmersión en Beijing, expertos sugieren que el gobierno de Xi Jinping interpreta la inestabilidad actual no solo como un riesgo, sino como una oportunidad para consolidar su influencia en Asia y el resto del mundo, aprovechando el desplome de la favorabilidad estadounidense en la opinión pública internacional.
La estrategia de los “puntos de asfixia”
China ha observado con atención cómo Irán ha utilizado su apalancamiento geográfico sobre el Estrecho de Ormuz, un “punto de asfixia” (chokehold) vital para el comercio energético. No obstante, Beijing busca ir más allá de los combustibles fósiles, enfocándose en el control de minerales de tierras raras y precursores farmacéuticos.
Aunque el año pasado China utilizó su dominio en tierras raras para inducir pánico en mercados occidentales, el liderazgo chino es consciente de que Estados Unidos intentará romper esa dependencia. Por ello, la búsqueda del “próximo punto de asfixia” es una prioridad para los estrategas en Beijing, quienes son descritos por analistas internacionales como auténticos “connotados del poder” que piensan tres pasos por delante.
El factor Trump y el vacío de liderazgo
Para el gobierno chino, la figura de Donald Trump representa una paradoja. Por un lado, lo consideran un líder caótico y difícil; por otro, ven en su pragmatismo transaccional una oportunidad única. Según fuentes diplomáticas en Beijing, Trump es percibido como el actor menos “halcón” en Washington, más dispuesto a permitir inversiones chinas o la compra de chips de alta gama bajo una lógica puramente comercial.
El temor de Beijing radica en que un debilitamiento excesivo de Trump abra paso a figuras más radicales del Partido Republicano, como Marco Rubio. Para China, el “caos egoísta” de la actual administración estadounidense es preferible al triunfo de los ideólogos de línea dura que esperan en las sombras de la política exterior de Washington.
Desplome del poder blando de EE. UU.
Las encuestas de opinión en 42 países revelan un cambio dramático: mientras la favorabilidad hacia Estados Unidos se desploma —cayendo de un promedio de +5 a -15 desde el inicio de los conflictos en Venezuela e Irán—, la percepción de China se mantiene en ascenso gradual.
En el sudeste asiático, naciones como Filipinas han comenzado a normalizar relaciones y acordar exploraciones conjuntas de gas y petróleo con China. La percepción general es que, aunque China puede ser un “matón” regional, es al menos una “cantidad conocida” y predecible, a diferencia de la actual política exterior estadounidense, calificada por algunos sectores como “revolucionaria y destructiva”.
El dilema del “polizón” global
Históricamente, China ha actuado como un “polizón” (free rider) del orden de seguridad establecido por Estados Unidos, beneficiándose de la estabilidad en rutas como el Estrecho de Hormuz sin asumir los costos de su protección. Sin embargo, el caos actual plantea una pregunta incómoda para el sistema chino: ¿podrá Beijing mantener su crecimiento sin el orden que Estados Unidos solía garantizar?
A pesar de la retórica sobre cambios no vistos en un siglo, el liderazgo de Xi Jinping se muestra cauteloso y resistente a cambios rápidos. La falta de voluntad para asumir un rol de liderazgo global activo, limitada por un sistema que se mueve con lentitud, podría ser la debilidad a largo plazo de una China que, por ahora, prefiere observar cómo su principal rival se desgasta en conflictos externos.






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