
En Imbabura, una madre comunera rompe el silencio. “Mi hijo es ingeniero agrónomo y lo detuvieron cerca de la Universidad de Otavalo”, dice con voz firme la madre de Elvis Andrade. Su testimonio, cargado de dolor y exigencia de justicia, denuncia la detención arbitraria de su hijo y cuestiona duramente al gobierno de Daniel Noboa.
Recuerda que en campaña, Noboa fue recibido “con brazos abiertos” en su comunidad, incluso con ofrendas simbólicas, pero hoy siente traición: “No para que nos haga esto”. Critica el despliegue militar en zonas rurales pacíficas, donde “no hay delincuentes ni terroristas”, y exige diálogo directo, no represión.
Denuncia también el abandono del sistema de salud público y reivindica el conocimiento ancestral: “Nuestros productos son farmacia, gastronomía, hospital”. Con dos nietos pequeños y una nuera recién dada a luz, pregunta: “¿Qué seguridad hay?”. Su mensaje es claro: el pueblo no se levanta por locura, sino por injusticia.
En un país polarizado, su voz representa a miles que exigen respeto, no balas. ¿Escuchará el gobierno a quienes lo votaron?








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