Los constantes bloqueos y la falta de procesos técnicos sumergen al país en una parálisis administrativa que afecta a organismos clave como la Fiscalía y la Contraloría.

El sistema institucional de Ecuador atraviesa una crisis de legitimidad y operatividad profunda debido a la incapacidad de sus organismos para llevar adelante procesos de selección transparentes. De acuerdo al comentario de Rodeos de Fabricio Vela, desde la Fiscalía General del Estado hasta el Consejo de la Judicatura, la designación de autoridades titulares se ha convertido en un escenario de acciones de protección, prórrogas indefinidas y cuestionamientos éticos. Esta falta de institucionalidad no es un fenómeno reciente, sino una tendencia sostenida que afecta el equilibrio de poderes y la confianza ciudadana en el Estado.
La inoperancia del Consejo de Participación Ciudadana
El Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) ha fallado sistemáticamente en su misión de designar a las máximas autoridades de control. A pesar de haber sido elegidos por voto popular desde 2018 con la promesa de independencia, los consejeros han mantenido vínculos estrechos con movimientos políticos. Esta configuración ha transformado los concursos de méritos en “pantomimas” donde la meritocracia es desplazada por intereses partidistas.
Vela recuerda que el actual Consejo, instalado en mayo de 2023, tuvo el tiempo necesario para organizar el concurso de reemplazo de la Fiscalía General del Estado; sin embargo, la falta de gestión obligó a recurrir a figuras jurídicas cuestionables. Según versiones preliminares, la ausencia de una autoridad titular en el Ministerio Público responde a una negligencia administrativa que ha dejado a la entidad bajo encargos sucesivos.
Antecedentes de irregularidades y puntuaciones perfectas
La historia de los concursos en Ecuador está marcada por procesos donde los candidatos obtenían puntajes de 100 sobre 100 en circunstancias dudosas. Casos emblemáticos como el de Carlos Pólit, quien fue ratificado por la Asamblea de Montecristi y posteriormente obtuvo calificaciones perfectas en concursos de méritos, evidencian las fallas del sistema. Lo mismo ocurrió en la conformación de cortes anteriores, donde figuras cercanas al gobierno de turno lograban las máximas calificaciones para asegurar puestos clave.
Incluso la designación de la doctora Diana Salazar en 2019 ha sido objeto de análisis. En aquel proceso, Salazar no lideraba la carrera tras la prueba escrita; no obstante, logró superar a otros candidatos, como el doctor Benavides, tras una prueba oral de carácter subjetivo donde se elevaron sus puntajes significativamente, puntualizó el director de Primera Plana
El fenómeno de las autoridades prorrogadas y encargadas
La parálisis no se limita a la Fiscalía. El Consejo Nacional Electoral (CNE) y el Tribunal Contencioso Electoral (TCE) mantienen a sus jueces y vocales prorrogados por años, cuando las renovaciones parciales debieron ejecutarse hace más de tres periodos. En la Contraloría General, el país vivió situaciones críticas como la gestión de Pablo Celi, quien terminó su mandato bajo procesos judiciales, o el encargo de la entidad mediante documentos firmados desde prisión por falta de una línea de sucesión clara.
Esta situación se repite en el Consejo de la Judicatura, que durante meses funcionó de forma incompleta y bajo una inestabilidad constante de su presidencia, producto de pugnas entre la Corte Nacional de Justicia y el CPCCS.
La necesidad de reformar las “puertas giratorias”
Fabricio Vela señala que un punto crítico en la ética pública es el mecanismo de las “puertas giratorias”, donde funcionarios pasan de organismos de control a cargos diplomáticos o privados sin periodos de carencia. El caso de Diana Salazar, quien habría gestionado un beneplácito diplomático de Argentina antes de concluir su periodo como fiscal, pone en debate la necesidad de establecer restricciones legales que impidan conflictos de intereses, sugiriendo un periodo de al menos tres años antes de que una autoridad de control pueda regresar a la función pública o al sector privado vinculado.
Ecuador se enfrenta a un desmantelamiento institucional donde la norma es el encargo y la excepción es la titularidad legítima. Mientras el CPCCS no logre integrar comisiones ciudadanas técnicas y libres de presión política, la seguridad jurídica del país seguirá comprometida. La reconstrucción de la institucionalidad requiere más que cambios de nombres; demanda una reforma estructural que priorice la ética sobre la conveniencia política.







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