De la fábrica del mundo a la batalla por la productividad y la innovación
La economía china ha sido durante décadas el centro de atención global, un ejemplo de crecimiento vertiginoso que transformó la geografía económica mundial. Sin embargo, los últimos años han traído signos de desaceleración que han encendido las alarmas. ¿Es este el fin del “milagro chino” o simplemente una transición hacia un nuevo modelo económico? Analizamos las fuerzas en juego y las estrategias chinas para mantener su posición como potencia económica global.

En los últimos diez años, China ha experimentado una desaceleración progresiva de su crecimiento económico, pasando de tasas superiores al 10% anual a cifras que ahora rondan el 5%. Este fenómeno ha despertado comparaciones con la trayectoria de Japón en las décadas de 1990 y 2000, cuando el país asiático enfrentó su propia crisis económica tras años de expansión.
Uno de los factores clave que explica esta situación es el agotamiento del modelo de crecimiento basado en la industrialización masiva. Según expertos como Qiao Liu, Dean y Profesor de Finanzas de la Escuela de Gestión Guanghua de la Universidad de Pekín, China completó su proceso de industrialización alrededor de 2010. Desde entonces, el sector manufacturero ha visto reducir su participación en el PIB, mientras que el sector servicios ha pasado a representar casi el 57% de la economía.
Este cambio estructural es natural en el ciclo de desarrollo de una economía, tal como ocurrió previamente en Estados Unidos y otros países industrializados. Sin embargo, presenta un desafío significativo: mientras que la industria manufacturera permite un crecimiento rápido a través de la escala y la eficiencia, el sector servicios tiende a generar crecimiento a un ritmo más moderado.
En este escenario, China ha centrado sus esfuerzos en elevar su Tasa de Crecimiento de la Productividad Factorial Total (TFP), un indicador que mide la eficiencia con la que se utilizan los recursos productivos. Actualmente, el crecimiento de la TFP en China se sitúa en torno al 1,5% al 1,8% anual, cifras consideradas insuficientes para mantener tasas de crecimiento sostenibles.

Según cálculos económicos, un aumento del 2% en la TFP permitiría a China mantener un crecimiento del PIB del 5%. Para alcanzar este objetivo, el gobierno chino ha puesto en marcha una estrategia multisectorial:
China está apostando fuertemente por la transformación digital y tecnológica. El gobierno ha impulsado inversiones en inteligencia artificial, big data y otras tecnologías emergentes, reconociendo su potencial para revolucionar sectores existentes y crear nuevos mercados. Qiao Liu destaca que estas tecnologías son consideradas tecnologías de propósito general, con aplicaciones amplias que pueden potenciar significativamente la productividad.
Otra vía para mejorar la TFP es la eliminación de distorsiones en la asignación de recursos. El sistema de registro de población (hukou) ha limitado históricamente la movilidad laboral del sector agrícola al urbano, creando una situación en la que el 22% de la fuerza laboral permanece en un sector que solo contributes el 7% del PIB. Reformas en este ámbito, junto con una mayor apertura en sectores como los servicios financieros, podrían liberar potencial productivo significativo.
Aunque China busca reducir su dependencia del sector manufacturero, este sigue representando el 26-27% del PIB, una cifra mucho más elevada que el 10% de Estados Unidos. Expertos como Qiao Liu consideran que mantener un sector manufacturero robusto puede ser ventajoso, pero no es condición sine qua non para el crecimiento futuro. En lugar de ello, el enfoque debería estar en mejorar la calidad y eficiencia de este sector.
La lucha contra el cambio climático no solo representa un desafío, sino también una oportunidad de inversión y crecimiento. China es responsable del 30% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, lo que implicaría una inversión anual de 3 billones de dólares (22 billones de yuanes) para alcanzar la neutralidad de carbono en 2050, según estimaciones citadas por Qiao Liu.
El país ya ha avanzado significativamente en áreas como los vehículos eléctricos y energías renovables. De cara al futuro, se espera que estas inversiones no solo cumplan objetivos ambientales, sino que también generen empleo y dinamicen la economía.
Las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos han dominado los titulares en los últimos años. Sin embargo, Qiao Liu sugiere que la disputa es más profunda que un simple conflicto comercial. Se trata de una competencia por la supremacía tecnológica y económica, donde ambos países buscan no solo proteger sus intereses, sino también encontrar nuevas fuentes de crecimiento.
Estados Unidos, con una tasa de crecimiento del PIB del 0,7%, enfrenta el desafío de revivir su sector manufacturero, mientras que China lucha por mantener un crecimiento moderado en medio de una desaceleración. Ambas naciones compiten por atraer inversiones en sectores clave como la inteligencia artificial y las energías renovables.
La economía china se encuentra en un momento de transición crítica. Su capacidad para transformarse desde la “fábrica del mundo” a una economía basada en la innovación, la eficiencia y la sostenibilidad determinará no solo su propio futuro, sino también la configuración del orden económico global.
La pregunta clave no es si China puede mantener su ritmo de crecimiento pasado, sino cómo redefine su modelo económico para enfrentar los desafíos del siglo XXI. En este proceso, el equilibrio entre la ambición tecnológica, la corrección de distorsiones estructurales y la gestión de relaciones internacionales será crucial.







Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.