De carácter independiente, esta isla de epidermis verde se asoma al mar desde acantilados y calas turquesas convierte Menorca en un destino que podría flotar lejos de sus hermanas baleares y no echarlas en falta. Su singularidad no reside tanto en el paisaje como en el equilibrio entre turismo y protección de la naturaleza que mantiene desde hace décadas gracias a la defensa activa que practican sus habitantes.

La dualidad forma parte de la isla como un signo de armonía: medioambiente y economía, mundo agrícola y tradición pesquera, la costa norte y la sur, Mahón y Ciutadella, inviernos silenciosos y veranos festivos.
No en vano, este 2024 ha sido elegido por National Geographic como uno de los mejores destinos del mundo a los que viajar. El Best of the World de este año ha seleccionado 20 lugares y experiencias únicas, entre las que Menorca destaca gracias a sus talayots declarados Patrimonio de la Humanidad y a un sinfín de maravillas que la convierten en una de las islas más deseadas del mundo. Aquí van 20 razones.
EL LITORAL DE LAS ROCAS BLANCAS
El sur de Menorca podría decirse que empieza en el Cap d’Artrutx, indispensable para contemplar la puesta de sol. A diferencia del paisaje solitario, expuesto a los cuatro vientos, de tierra sembrada de rocas y barracas de piedra seca que rodean el faro de Punta Nati, el de Artrutx se alza en una zona urbanizada con casitas bajas que se asoman a acantilados.
A partir de aquí el litoral se viste de roca blanca, pinos que casi besan el agua y calas de aguas turquesas. En algunas desembocan barrancos espectaculares que ofrecen caminatas entre bosques y cultivos. El de Algendar, por ejemplo, que empieza en Ferreries y alcanza Cala Galdana (en la imagen), o el de Son Fideu, un paraíso donde anidan alimoches situado también en el municipio de Ferreries; o el de Trebalúger, que desemboca en un arenal que solo se alcanza a pie o en barca.
CABOS Y FAROS
Uno de los secretos más compartidos son los lugares con las mejores vistas: al borde de los faros, por supuesto. El del cabo Cavalleria (en la imagen) es la avanzadilla norte de la isla, allí donde los vientos y las mareas alcanzan Menorca sin intermediarios, y también donde más naves han naufragado a lo largo de los siglos. Cuando el mar está en calma, navegar por esta costa norte sorprende con rincones insólitos: grutas que se adentran bajo las faldas de la isla, playas de arena dorada y calas recogidas tierra adentro que ya aparecían señalados en los mapas antiguos como puertos seguros. El de Sanitja, en el cabo de Cavalleria, fue fundado por los romanos.
Otro hallazgo es el de Favàritx, un planeta de roca pizarra, gris, negra, que culmina en uno de los faros más fotogénicos del Mediterráneo y que se rodea de playas que fascinan por su aspecto salvaje, como la cala Presili o la cala Tortuga.
CALA BLANCA Y CALA MORELL
Cala Morell, cerca de Punta Nati, es otro puerto del norte inmune a la tramontana que ya conocían los primeros isleños, pues cerca se han hallado vestigios de un poblado de la Edad del Bronce y una necrópolis con 17 grutas excavadas. El acceso desde el mar es un pasaje flanqueado por altos muros de roca; desde tierra, la breve playa de cala Morell, con las barcas meciéndose y las plataformas cubiertas de coloridas toallas en verano se divisa al final de un descenso de curvas por carretera, o bien al cabo de unas escaleras empinadas que se convierten en un martirio bajo el sol estival. Muy cerca a Ciudadella se encuentra cala Blanca, en la urbanización con el mismo nombre, una playa dominada por la posidonia oceánica que la convierte en una alternativa perfecta para los que se alojan en la zona en la que darse un baño sin tener que coger el coche.
HALLAZGOS EN LA PRIMERA CAPITAL
Capital de la isla hasta que los británicos la trasladaron a Mahón en 1722, Ciutadella mantiene el aire señorial en sus edificios de piedra marés, porosa y blanca reluciente, en sus palacios y en su catedral, erigida sobre la mezquita del siglo X, de la que ya solo queda el minarete, transformado en campanario. La visita guiada permite subir hasta la altura de las gárgolas y contemplar la ciudad como un plano tridimensional que se despliega bajo el refulgente blanco de la piedra marés, con la ropa tendida en los terrados, las torres de las muchas iglesias y conventos, los patios de las casas señoriales y la larga lengua del puerto, con la muralla a un lado y el vaivén de los barcos amarrados.
YACIMIENTOS PARA TODOS LOS GUSTOS
Porque Menorca ha tenido muchas vidas y las recuerda todas. Más de 1500 yacimientos repartidos por la costa y el interior hablan de pueblos que vivían de la agricultura y el pastoreo, que veneraban a sus muertos y los enterraban ceremoniosamente en grutas junto al mar, bajo pesadas losas o dentro de construcciones con forma de nave invertida. La Naveta des Tudons, los poblados talayóticos de la Torre d’en Galmés o del Trepucó, la necrópolis de la Edad del Bronce de Cala Morell, las cien cuevas excavadas en la roca de Cales Coves o las muescas de época romana de las canteras de s’Hostal, en las afueras de Ciutadella, son algunas de las muestras más significativas del patrimonio arqueológico de la isla.
DE PUNTA PRIMA A LA CUEVA MÁS FAMOSA Y ANIMADA
Desde Alaior y Sant Lluís –fundado por los franceses durante su breve dominio de 1707 a 1708– se accede a una gran variedad de playas. Algunas ocupan el fondo de brazos de mar que se adentran entre muros de gran altura, como Cala’n Porter, donde se halla la famosa Cova d’en Xoroi, protagonista de una leyenda y, desde los años 60, acondicionada como bar de copas. Otras apenas son un mordisco de arena con un pequeño muelle de pescadores entre casitas bajas y nombres que recuerdan su origen morisco: Binidalí, Binibèquer, Binisafúller… Cerca de esta última se localiza una pecera gigantesca que recibe el sugerente nombre de Ses Olles (las ollas). Protegida por el Cap d’en Butifarra y los islotes de Marçal, esta caldera concentra una increíble cantidad de peces. Desde las rocas los bañistas se zambullen una y otra vez para ver obladas, sarpallones, salmonetes o castañuelas que nadan con descaro entre los pies. Tampoco hay que dejar pasar la playa de Punta Prima situada entre las puntas des Marbres y Prima, desde cuya orilla se divisa el islote s’Illot des Cagaire y la isla s’Illa de l’Aire, ni Son Bou, la playa más extensa de Menorca y una de las pocas a mar abierto que hay en la isla con 2,5 km de largo y 50 metros de ancho.
Fuente: National Geographic

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.