El nobel de la paz y la tensa relación entre dos vecinos históricos
El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, fue aclamado internacionalmente por su papel en la normalización de relaciones con Eritrea. Sin embargo, la tensión ha vuelto a aumentar en la región del Tigray, y las divisiones internas en el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) han complicado aún más la situación. ¿Qué factores están detrás de esta nueva crisis y cómo afectan las aspiraciones de Etiopía de acceder al Mar Rojo?

En 2018, Abiy Ahmed asumió el cargo de primer ministro de Etiopía con la promesa de normalizar las relaciones con Eritrea, un conflicto que había durado décadas. Su éxito en este ámbito le valió el Premio Nobel de la Paz en 2019. Sin embargo, la paz ha sido efímera, y la región del Tigray ha vuelto a ser el epicentro de la tensión.
El conflicto en Tigray comenzó en 2020 cuando el gobierno etíope acusó al TPLF de atacar bases militares, lo que desencadenó una guerra civil que dejó hasta 600,000 muertos y desplazó a más de 2 millones de personas. Aunque en 2022 se firmó un acuerdo de paz, la situación ha seguido siendo inestable.
La relación entre Etiopía y Eritrea ha estado marcada por conflictos desde la independencia de Eritrea en 1993. La disputa territorial y las ambiciones de ambos países han sido constantes. Eritrea, con su presidente Isaías Afwerki al frente desde hace más de 30 años, ha mantenido un régimen autoritario y ha construido un ejército desproporcionadamente grande, lo que ha llevado a comparaciones con Corea del Norte.

Etiopía, por su parte, ha buscado desesperadamente un acceso al Mar Rojo para mejorar su economía, que depende en gran medida del comercio marítimo. Actualmente, Etiopía utiliza el puerto de Djibouti para la mayoría de sus importaciones y exportaciones, lo que le cuesta más de 1,000 millones de dólares al año en tasas. Esto ha llevado a Abiy Ahmed a buscar otras opciones, incluyendo los puertos eritreos de Massawa y Assab.
La tensión ha aumentado aún más con la alianza entre Eritrea, Egipto y Somalia en 2024, que busca frenar las ambiciones de Etiopía. Aunque se han evitado conflictos directos, la retórica beligerante de Abiy Ahmed y las divisiones internas en el TPLF han mantenido la región en un estado de incertidumbre.
La historia de Etiopía y Eritrea es un ejemplo de cómo las aspiraciones nacionales y las rivalidades personales pueden complicar los esfuerzos por la paz. Aunque Abiy Ahmed fue reconocido por su capacidad para forjar la paz, la situación actual demuestra que la estabilidad en la región sigue siendo frágil. ¿Podrán estos vecinos históricos encontrar una solución duradera a sus conflictos, o estamos ante el preludio de una nueva guerra?


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